Los secretos del español silenciado 70 años que sobrevivió al ‘matadero’ nazi: «Solo había muerte»

ABC.- Esther desconocía la vida de su tío abuelo, Enrique Calcerrada. Era, en principio, otro pariente más; uno oculto por la bruma del tiempo. Sin embargo, en 2005 cayeron en sus manos sus memorias. Y casi por casualidad. Hacía un año que su familiar había fallecido y poco podía explicarle. Sin embargo, aquella lectura le cambió la vida. «Descubrí que había sido deportado al campo de concentración de Mauthausen-Gusen después de la Guerra Civil», desvela a ABC. Por desgracia, su obra quedó descatalogada en poco tiempo. «Era una editorial pequeña, solo pudimos empaparnos de ella los más cercanos», sentencia. Por ello, la sobrina nieta se planteó como objetivo dar una nueva vida a aquel ensayo. Y hete aquí que, casi dos décadas después, ha nacido ‘Sobrevivir a Mauthausen-Gusen‘ (Sinequanon’). Un presente que, en parte, le debía.

¿Cómo conoció esta historia?

Es cierto que Enrique es un familiar, pero no tuve idea de su historia que cumplí la treintena. Él escribió sus memorias en los setenta, pero no fue hasta 2003 cuando las pudo editar. Dos años después mi padre me regaló el libro. Leer aquello me estremeció.

¿La mantuvo en secreto hasta entonces?

Todo lo contrario. Fueron tan pocos los deportados españoles que sobrevivieron a Mauthausen-Gusen, que juraron contar la historia en honor a sus camaradas asesinados. Aunque también buscaban que las nuevas generaciones no olvidaran lo sucedido. Él dedicó toda su vida a que se supiera, pero, cuando fueron liberados, pasaron el amargo episodio de ser considerados apátridas. No pudieron volver a su país. Eso les puso las cosas muy difíciles. Enrique terminó viviendo en Francia y quedó roto por un fascismo que le impidió publicar sus memorias.

¿Por qué cayó en el olvido su primer libro?

Era una edición muy humilde que quedó descatalogada enseguida. Logró que se publicara y que algunos tuviésemos estas memorias, pero poco más. Al año siguiente murió. Es un tema que no interesaba.

¿Por qué?

Porque fueron víctimas del franquismo y del nazismo. Eso era suficiente. Cuando terminó la guerra, él y otros tantos tuvieron que exiliarse por los Pirineos hacia Francia. Allí se vieron involucrados en la Segunda Guerra Mundial y fueron deportados a los campos nazis por unos acuerdos entre Serrano-Súñer, Franco y Hitler. Como para contar su historia había que explicar primero todo esto, en la dictadura quedó olvidado. El problema es que ahora sigue el silencio. Han logrado que no le interese a la gente.

¿Murió tranquilo por haber plasmado sus memorias?

Falleció contento por tener el libro entre sus manos. Por desgracia no le conocí. Es una espina que tengo clavada.

¿Fue un soldado republicano?

Cuando empezó la guerra tenía dieciocho años. Cumplió el 15 de julio de 1936. A pesar de ello, se presentó voluntario para las milicias que defendían Madrid. Después fue enviado a combatir en GuadalajaraBelchiteBrunete y el Ebro. En febrero de 1939 cruzó la frontera. Él y su compañía querían volver a entrar en dirección a Valencia para seguir combatiendo, pero todo estaba perdido. Vivió una pesadilla. En Francia fue maltratado y enviado a campos de concentración. Luego no les reprochó nada porque le acogieron tras la guerra, pero en aquellos años acabó recluido en Le Barcarès y Saint-Cyprien. Padeció condiciones miserables.

¿Qué sucedió al comenzar la Segunda Guerra Mundial?

Les obligaron a decidir entre combatir en la Legión Francesa o en formar parte de Compañías de Trabajadores. Él apostó por lo segundo y fue enviado a la Línea Maginot. Cuando los alemanes atravesaron la frontera fue capturado en la cordillera de los Vosgos y enviado como prisionero de guerra a un Estalag.

¿Sabe cómo recibió aquello?

Enrique tenía una forma de ser muy especial. En aquellas fechas se dedicó a aprender alemán porque pensaba que le iba a ser útil. En 1940, los acuerdos firmados entre Hitler y Franco hicieron que los presos republicanos perdieran el estatus de prisionero de guerra y muchos fueron enviados a campos de concentración. Él, en concreto, llegó a Mauthausen en 1941.

¿Acabó en Gusen?

Esta historia es triste la mires por donde la mires. Mauthausen era descomunal. Gusen era un anexo, pero le llamaban ‘el matadero’ porque allí solo eran enviados aquellos que estaban en unas condiciones deplorables. Hoy no existe porque fue derruido y construyeron chalets encima.

¿Cómo eran las condiciones de los españoles de Gusen?

Los SS tenían calculado lo que duraba la vida de un preso desde que entraba por la puerta hasta que salía por la chimenea. Eran entre seis y nueve meses. Las condiciones de trabajo, las vejaciones, las enfermedades, el hambre… Todo ello influía para acabar con su vida.

¿Se ayudaban los españoles entre ellos?

Los deportados españoles destacaban sobre el resto de las nacionalidades. Venían de la Guerra Civil y sabían que, con camaradería, podían conseguir mucho más que en solitario. Entre todos se apoyaban. La gran mayoría, al menos. Él creó una red que ayudaba a los reos a conseguir más calorías. Robaban patatas, pan… Les valía cualquier cosa. La otra opción era morir. El mayor miedo era que les seleccionaran para ser asesinados por la falta de fuerzas y de peso. Y él llegó a pesar poco más de treinta kilos. Si veían a un compañero más necesitado, le cedían su propia comida.

¿Cuál es el episodio que más le ha marcado?

Las palizas fueron horripilantes e impactantes. Pero lo que más me llama la atención de Enrique son sus ideas de los extremos del ser humano. Hace unas reflexiones muy interesantes sobre el fascismo que lindan con la filosofía. Por eso el libro, además de duro, es muy extenso. Un episodio que siempre me obliga a parar de leer es el día en que intentó suicidarse lanzándose contra la alambrada… No pudo hacerlo porque no tenía fuerzas.

¿Fue liberado por los aliados?

Sí. El 5 de mayo. Es muy curioso. Ellos hicieron el camino de cinco kilómetros que les separaba de Gusen a Mauthausen con la idea de unirse a sus compatriotas. Pero, cuando llegaron, les dijeron que se volvieran. No sabían qué hacer. Se quedaron allí durante días hasta en espera de que alguien les acogiera porque no podían volver a su país.

Hablaba de un juramento de españoles…

Sí. Lo hicieron pensando en todos menos en ellos. Pensaban en sus camaradas caídos. Juraron contar lo que había pasado para que no cayera en el olvido. Buscaban que las nuevas generaciones no repitieran lo sucedido.

¿Dónde acabó?

Me cuesta mucho saber todo con detalle. El 7 de mayo salió con varios compañeros de Gusen y se marcharon a Checoslovaquia. De allí saltaron a un campo en Odessa, Ucrania. Después pasaron a Austria. En 1949 rehízo su vida en Francia con la esperanza de volver a España.

¿Él quería volver a España?

La idea de regresar siempre estuvo en su cabeza. Pero, entre otras cosas, por si podía volver a luchar contra el franquismo. O eso me han contado. Volvió en alguna ocasión para ver a su familia, aunque de forma puntual.

¿Cómo se sienten ustedes, como familiares de víctimas españolas del Holocausto?

Los familiares que tratamos de dar a conocer este capítulo de la historia nos encontramos con lo mismo siempre. Todo el mundo se indigna al hablar del Holocausto, pero el discurso cambia al hacer referencia a estos españoles. Entonces decimos que es pasado. No queremos saber. La concepción que tenemos de la posguerra es tan anómala que es muy urgente darla a conocer.

¿Cómo fue escribir el libro para él?

Debió de ser duro. Contó cómo eran los campos, explicó el exilio, habló de la guerra, de todo lo que les ocurrió… El sufrimiento tuvo que ser terrible. No puedo permitir que este libro se quede guardado en los cajones de la familia.

¿Albergaba rencor a los alemanes?

No. Decía que el odio y el rencor era de estúpidos. Dejaba bien claro que eran las personas de baja calidad, con miedos, las que se dedicaban a hacer estas cosas. No las naciones. Un ejemplo es que quería que su hijo aprendiera a hablar alemán. Por eso es digno de mencionar. Nos transmite unos valores que han sido olvidado ya.

¿Cómo se entiende que la historia vuelva a repetirse con Ucrania?

La historia se repite. Nos centramos en quién no es el culpable y nos olvidamos de que los que salimos perdiendo somos los ciudadanos. Todo esto se podría haber evitado, pero hay muchos intereses.

¿Algún ‘último’ secreto que esconda el libro?

El libro alberga unas páginas de Carlos Hernández, autor de ‘Los últimos españoles de Mauthausen’, y un prólogo de Florencio Pavón, un familiar que, en su momento, adaptó y corrigió las memorias de Enrique en la edición de 2003. La obra añade una lista de más de tres mil deportados y asesinados en Gusen. Se hizo en los años setenta y, a pesar de su antigüedad, sin apenas fallos.

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