Los niños judíos adoptados por nazis que se refugiaron en Barcelona tras la guerra

El Periódico.- Durante la dictadura de Hitler en Alemania, siguiendo el deseo nazi de construir un país de «pura» raza ária, miles de niños se convirtieron en víctimas, no solo de la guerra, sino de la separación forzada de sus familias. Era imprescindible un crecimiento inmediato de la natalidad y las mujeres de aspecto germano (aunque no lo fueran) eran obligadas a dar a luz en una especie de falsos paritorios en los que se separaba a los bebés de sus progenitores para introducirlos en programas de nazificación. Pero pronto se hizo evidente que no bastaría con aquellos nacimientos para «renovar» el total de la población, y el robo de criaturas se convirtió en un ejercicio habitual. 

Algunos de ellos provenían de familias judías, víctimas en muchos casos del holocausto, y terminaban en casas nazis, donde se les adoctrinaba en la ideología y se les inculcaba una identidad totalmente nueva. Es lo que le sucede a Ludka, una niña de 9 años a la que sus padres adoptivos (una pareja formada por un general de las S.S. y su esposa) han impuesto el nombre de Hedda. Ella no recuerda nada de su pasado y no entiende por qué, cuando la guerra termina, es trasladada a un orfanato de Barcelona mientras espera a que sus verdaderos padres sean identificados para volver con ellos. Se niega a hablar e incluso planea la forma de escapar para reunirse con su madre alemana.Pero todo eso cambiará cuando descubra la verdad.

Aunque la historia de la pequeña Ludka sea ficción, se construye a partir de fragmentos de algunos casos reales recopilados por Gisela Pou en su novela ‘Los tres nombres de Ludka’, publicada en castellano por Planeta y, a partir de marzo, en catalán por Columna. “Es una historia de resistencia en tiempo de guerra y, sobre todo, un homenaje a los niños y niñas que han sufrido el devenir de la historia y son víctimas del desarraigo, de la sensación de no pertenecer a ninguna parte porque, como a las plantas, se las ha arrancado de raíz para colocarlas en otra tierra”, explica la escritora.

El argumento surge de un reportaje publicado por el periodista José Luis Barbería en 2008, que relataba como 150 niños polacos que sobrevivieron a la guerra fueron rescatados por la Cruz Roja Internacional y alojados en un orfanato barcelonés de Vallcarca entre 1946 y 1956. Tras la derrota del Eje fascista, el régimen de Franco debía ganarse el favor de los grandes dirigentes europeos, permitiendo proyectos como el de Wanda Morbitzer, un personaje real que fue secretaria del cónsul honorario de Polonia. Una mujer que, durante diez años, no solo se dedicó a proporcionar comida, ropa y educación a los pequeños (ayudándoles además a recuperar su lengua de nacimiento, el polaco) , sino que también se convirtió en una figura materna que les ayudará a reencontrarse con sus raíces. 

Los más suertudos fueron identificados por sus familias y volvieron a Polonia, a otros los adoptaron en Estados Unidos, y algunos incluso regresaron en 2008 a Barcelona, siendo ya adultos, para participar en unas jornadas de conmemoración. Ludka, que parece no encontrar las respuestas que busca, seguirá la pista de sus orígenes hasta la Polonia comunista, donde espera descubrir su identidad real, la que le pertenecía mucho antes de ser Ludka, mucho antes de ser llamada Hedda. Su tercer y verdadero nombre.    

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