La pandemia se convierte en sindemia en las residencias de personas mayores

infoLibre.- La mortalidad en las residencias de mayores durante los últimos nueve meses es la última consecuencia del maltrato a un sector de la población que ha sido productivo y contribuyó a crear la sociedad actual, y que ahora se encuentra en situación de dependencia. Aun así, se pretende que sigan aportando a la economía mediante el consumo de servicios residenciales sanitarios y sociales. En este contexto residencial,  la COVID ha precipitado lo que se puede resumir en un neologismo: sindemia. Se trata de la interacción biológica de varias epidemias (transmisibles o no) en un lugar caracterizado por condiciones sociales, económicas y ambientales que favorecen la concurrencia y multiplican los efectos de dichas epidemias. La sindemia ocurre cuando el SARS-CoV-2 interacciona biológicamente con otros trastornos de la salud preexistentes en un contexto de edadismo (discriminación por edad) que invade la economía, la sociedad y las estructuras físicas y de las organizaciones.

Históricamente el término sindemia fue introducido por Merrill Singer para describir las interacciones del sida con la utilización de drogas ilícitas y la violencia. Singer y Mendenhall propusieron un enfoque sindemico para esclarecer las interacciones biológicas y sociales y para guiar las políticas de salud. Argumentaron que el conocimiento sobre las relaciones de causalidad entre los diversos fenómenos que interactúan biológica y socialmente puede dar las claves para acciones orientadas a resolver los problemas. El enfoque sindémico es útil para guiar las actuaciones de prevención, diagnóstico, pronóstico y tratamiento.

En un reciente comentario editorial de The Lancet, su director Richard Horton propuso el enfoque sindemico para comprender cómo la enfermedad producida por la COVID interactúa con una serie de enfermedades no transmisibles en poblaciones vulnerables. “La aparición concurrente de estas enfermedades en un contexto de desigualdades sociales y económicas exacerba los efectos adversos de cada una de ellas”.

Desde ActuarCOVID proponemos conceptualizar como sindemia la situación que se vive en las residencias de personas mayores [puedes consultar aquí y aquí nuestros dos informes  sobre la prevención de la COVID en las residencias de Madrid]. Las personas mayores en residencias constituyen una población con cierto deterioro físico (lentitud y trastornos de la marcha, alteraciones de equilibrio, debilidad muscular) o cognitivo (pérdidas de memoria y orientación) y con patologías crónicas que la colocan en situación de dependencia en sus distintos grados. En esta población vulnerable, se presenta muy frecuentemente con síntomas (anorexia o pérdida de apetito, delirio) que no suele padecer la población más joven. La anorexia aumenta el riesgo de deterioro físico, el delirio aumenta el riesgo de demencia, y algunas patologías crónicas (diabetes, enfermedad renal crónica) interaccionan con la infección y producen una peor respuesta del organismo. Las interacciones entre la COVID y el estado funcional se aceleran en un contexto que elimina los estímulos físicos, cognitivos y sociales y los reemplaza por un aislamiento que se hace aún más férreo cuando se detecta un brote de la COVID. Es bien conocido que el aislamiento social acelera el deterioro cognitivo. A su vez, el deterioro cognitivo disminuye las prácticas preventivas tales como llevar correctamente la mascarilla, lavarse las manos con frecuencia y mantener la distancia física, favoreciendo el contagio. También el confinamiento a la habitación donde se duerme reduce la actividad física y aumenta la anorexia en detrimento del desempeño físico.

Además, la cadena de trasmisión del SARS-CoV-2 se asegura por el contacto de los residentes con los trabajadores que, al trabajar en condiciones precarias y en varios lugares, constituyen una población de riesgo para la infección y pueden introducirla en las residencias. La concurrencia de la precariedad laboral, las condiciones de vida en las residencias y el deterioro físico y cognitivo de los mayores junto con la COVID son los elementos constituyentes de la sindemia. Abordarla implica adoptar una perspectiva amplia, reducir la entrada del virus supone aumentar el personal de cuidados, mejorar sus condiciones laborales para obtener mayor profesionalidad y menor precariedad, cumplir las medidas higiénicas contra las infecciones y revertir el aislamiento en el que se mantiene a los residentes.

Durante el mes de octubre el grupo de trabajo sobre residencias de ActuarCOVID mantuvo reuniones con autoridades de la Consejería de Políticas Sociales de Madrid, en las que insistió en que los niveles de inmunidad alcanzado en la primera ola no serían suficientes y propuso cuatro actuaciones para prevenir el avance de la COVID en las residencias: el establecimiento de un sistema de vigilancia epidemiológica con información en tiempo real de la presencia de la COVID en las residencias; pruebas regulares con periodicidad semanal a todos los trabajadores de residencias; formación en prevención de la COVID para todos los trabajadores, y contratación y formación intensiva y remunerada de nuevo personal, con la prohibición de trabajar en varios centros, con compensación salarial suficiente. Además, proponíamos que se diera al cuidador familiar principal el reconocimiento de socio de cuidados y se le permitiera visitas ilimitadas siempre que se asegurara el control de la infección con medidas idénticas a las que se tomaban con todos los trabajadores. Estimamos que eliminar los brotes y por tanto la mortalidad por la COVID en las residencias era un objetivo factible con una inversión de 21 millones de euros, una pequeña parte de los más de 3.300 millones de euros recibidos por Madrid del Gobierno de España como ayuda extraordinaria para hacer frente a la COVID. Ni siquiera después de las más de 6.000 muertes en las residencias, ocurridas entre marzo y mayo, se ha destinado presupuesto a prevenir la COVID en residencias.

Constatamos que los frecuentes brotes eran un fiel reflejo de la incidencia de infección en la comunidad y la inmunidad alcanzada en las residencias durante la primera ola no suponía una garantía de seguridad para los residentes no inmunes. Su frecuencia no se había reducido y dependía fuertemente del tamaño de las residencias. Las grandes residencias eran las más peligrosas. En diciembre las medidas de prevención continuaban siendo prácticamente inexistentes, las condiciones laborales seguían siendo precarias e incluso la disponibilidad de los equipos de protección más elementales, mascarillas, guantes y batas, era limitada. Los cambios realizados en el otoño, fueran los que fueran, resultaron insuficientes. Durante la segunda ola, desde agosto hasta noviembre, la mortalidad de las personas que viven en residencias continuó siendo muy elevada y probablemente llegó a ser la mitad de la mortalidad total, como ya ocurrió en la primera ola. Y ahora en los comienzos de la inminente tercera ola, muchas personas mayores en residencias se infectan, enferman y mueren de forma innecesaria, sin la necesaria prevención, formación y protección de los trabajadores que les prestan cuidados y en condiciones de cruel aislamiento.

Una vacuna efectiva y segura salvará vidas pero no resolverá los problemas que plantea nuestro sistema de cuidados residenciales. Urge adoptar una perspectiva amplia que englobe las estructuras y las prácticas de cuidados que producen seguridad personal y satisfacción de las necesidades diarias, y que asegure la calidad del trabajo de los profesionales de cuidados mediante una formación adecuada, contratos indefinidos con cargas de trabajo ajustadas a horarios laborales razonables, y salarios dignos. Se requerirá una profunda transformación multisectorial dirigida a reducir la transmisibilidad de los agentes infecciosos pero, sobre todo, orientada a asegurar el derecho a la vida y a la salud de los residentes y los profesionales que les prestan cuidados.

 

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