La entidad científica nazi que sentó las bases del Holocausto: «Franco pretendía hacer lo mismo»

El Español.- El escritor Eric Frattini publica ‘Los científicos de Hitler. Historia de la Ahnenerbe’ (Espasa), donde profundiza sobre la estrecha colaboración entre el franquismo y los científicos nazis.

En cuanto la Alemania nazi llegó al poder en 1933, aquel violento discurso que se encontraba en boca de solo una parte del país se convirtió en el altavoz oficial del Tercer Reich. «Pasó de lenguaje de grupo a lenguaje del pueblo, es decir, se apoderó de todos los ámbitos públicos y privados», escribía el filólogo Victor Klemperer en su magnífica obra de La lengua del Tercer Reich. Sufridor de las políticas nacionalsocialistas, alegaba que el lenguaje acaparó a toda la población germana y dirigió sus pensamientos, inquietudes y, en resumen, su personalidad psíquica.

Aquel alemán renovado, repleto de neologismos y palabras artificiales, era un elemento más dentro de un sistema que necesitaba ocupar todo el espacio de la nueva sociedad alemana. El nazismo se sustentaba gracias al apoyo de un pueblo que era constantemente bombardeado con estas revisiones de la lengua, mensajes propagandísticos controlados por Joseph Goebbels y, como no podía faltar, por un aparato científico —pseudocientífico— que legitimaba la ideología vigente.

La Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana, conocida comúnmente como Ahnenerbe, surgió el 1 de julio de 1935 como uno de los planes de Heinrich Himmler para desenterrar nuevas evidencias de los ancestros de Alemania que mostraran sus grandes hazañas, y transmitir dichos hallazgos a la opinión pública alemana a través de revistas, libros o exposiciones. El periodista, ensayista y novelista Eric Frattini divide dicha organización en dos etapas.

El primer periodo, el más inocente si podría calificarse de esta manera, tendría lugar entre los años 1935 y 1936. A partir de entonces, Adolf Hitler trataría de buscar una mayor utilidad a esta entidad que hasta el momento había sido una pequeña obsesión de Himmler. La seriedad, asimismo, le dota de mayor agresividad. «Se convierte en algo mucho más peligroso«, explica Frattini

El escritor acaba de publicar Los científicos de Hitler. Historia de la Ahnenerbe (Espasa), y destaca cómo un pueblo tan culto como el alemán, del cual han nacido tantos artistas, intelectuales y también científicos, pudiera dejarse guiar por este maquiavélico proyecto. Bajo su doctrina se encontraban arqueólogos, antropólogos, etnólogos, musicólogos, historiadores, biólogos, genetistas, zoólogos y otros muchos investigadores humanísticos y científicos.

Sus teorías

El Ahnenerbe, con sede en el elegante barrio berlinés de Dahlem, contaba con proyectos e hipótesis de lo más descabelladas. Hans Hörbiger, por ejemplo, sostenía que el universo se había originado a partir de un bloque de hielo: «Según la cosmogonía glacial, la Vía Láctea era un vasto archipiélago de icebergs que se dispersaron al principio de los tiempos cuando un gigantesco bloque de hielo chocó violentamente contra el Sol en una especie de Big Bang helado».

No obstante, la misión principal del Ahnenerbe era la de encontrar pruebas científicas del origen de la raza aria. De esta manera, buscaban clasificar a los humanos en distintas razas jerárquicas que formaban parte de un sistema xenófobo, antisemita y homófobo. «Publicaban sus artículos en la revista oficial, Germanienimpartían conferencias en universidades del Reich y de los países ocupados, eran comisarios de exposiciones y organizaban congresos de expertos», cuenta Frattini. «Sea como fuere, la Ahnenerbe fue una de las mayores y más útiles obras creadas por Heinrich Himmler con el único fin de engañar, manipular y falsear los datos científicos«, añade.

Tal y como explica el autor a este periódico, durante estos años se trataron los temas que derivarían en los macabros experimentos de Mengele y en el genocidio perpetrado en los campos de concentración.

Alemania y España

La influencia de esta entidad pseudocientífica, responsable directo del Holocausto, no se limitó a trabajar en las fronteras germanas. En abril de 1938, por ejemplo, un grupo de exploradores y naturalistas partieron de Génova junto a varios miembros de las SS hacia el Tíbet para hallar el origen de la raza aria. España tampoco quedó exenta de ser objeto de estudio por parte de los miembros del Ahnenerbe.

Todo ello fue posible gracias al arqueólogo español Julio Martínez Santa-Olalla, a quien Frattini califica como «un nazi redomado». Santa-Olalla había estudiado en Alemania y su cercanía con las políticas y creencias nacionalsocialistas sirvieron como puente para una estrecha colaboración entre la España de Franco y la Alemania de Hitler.

Cuando Himmler visitó España en 1940, fue el arqueólogo español quien le organizó un itinerario para que el alemán conociera la gran necrópolis de la era visigoda de Castiltierra. Aunque debido a la intensa lluvia que cayó en la zona se canceló aquella visita, se enviaron a Alemania varios ajuares y elementos de bronce y hierro encontrados en las excavaciones con la excusa de que fueran restauradas. Estas joyas del patrimonio español jamás regresaron a España.

Ahnenerbe y CSIC

Además de las campañas realizadas en suelo español, la entidad alemana influyó enormemente a las políticas españolas, sobre todo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La creación de un organismo científico y a la vez propagandístico era realmente sugerente para un régimen que ansiaba el control de la sociedad. «Franco pretendía hacer lo mismo en España«, expresa el autor.

De esta forma, el también germanófilo y político José Luis Arrese confesó su interés en formar parte de esta ambiciosa iniciativa. «La Ahnenerbe española debería depender directamente de Falange, al igual que la Ahnenerbe alemana dependía de las SS«, escribe Frattini.

Finalmente, Franco optó por dejar a un lado el plan de Arrese para inclinarse por el desarrollo de una institución a manos del entonces ministro de Educación José Ibáñez Martín, con el que Arrese no mantenía buenas relaciones. Así surgió, el 24 de noviembre de 1939, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, también conocido como el CSIC.

«Queremos una ciencia católica. […] Liquidamos, por tanto, en esta hora, todas las herejías científicas que secaron y agotaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia. […] Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como imperio, quiere ser ante todo católica», afirmó Ibáñez en el discurso inaugural.

Por lo tanto, el actual respetado y prestigioso CSIC no fue sino un proyecto más en manos del aparato del régimen de Franco. «Si tú miras el origen del CSIC y del Ahnenerbe te das cuenta de que tienen la misma estructura«, apunta el autor. Mientras que en la Alemania nazi la Ahnenerbe sustentaría al nacionalsocialismo, el CSIC haría lo propio con el nacionalcatolicismo.

La colaboración entre España y Alemania, en todos los ámbitos, se enfrió a partir de 1942, cuando poco a poco el Tercer Reich dejaba indicios de su fragilidad y su posible derrota. Tras la definitiva debacle de los germanos, el Gobierno español cerró los edificios del Instituto Alemán de Cultura y del Colegio Alemán y permanecieron vacíos durante años.

La llegada de la democracia reconvirtió el CSIC en la institución que todos conocemos en la actualidad. En 1977, se publicó un nuevo reglamento que rompía con la etapa anterior. Terminaba, de esta manera, aquel oscuro periodo en el que Franco siguió los pasos del Tercer Reich.

 

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