Formar a mujeres gitanas como activos en prevención de la salud

El Mundo.-La asociación Arakerando y el equipo de Enfermería Comunitaria del centro de salud Juan XXIII de Alicante desarrollan iniciativas para recortar la brecha sanitaria que afecta a este colectivo

La última Encuesta Nacional de Salud a Población Gitana (2014) realizada por un equipo de investigación de la Universidad de Alicante revelaba que el estado de salud de la población gitana es «comparativamente peor que el de los grupos con peor situación socioeconómica en el conjunto de la población española». Y dentro de la propia comunidad, las mujeres gitanas son quienes peor percepción de su estado de salud tienen.

Solucionar estos problemas y empoderar a este colectivo -especialmente a las mujeres- para que actúen como correa de transmisión y promuevan la prevención de la salud entre los suyos es el objetivo del equipo de enfermería del centro de salud Juan XXII de Alicante.

Desde hace unos años, este equipo dependiente del Departamento de Salud de Alicante- Hospital de Sant Joan, desarrolla un programa de intervención comunitaria en el que destacan los talleres de salud para la mujer, que llevan a cabo en colaboración con Arakerando, asociación que esta pasada semana celebró una jornada divulgativa en la sede de la Universidad de Alicante.

Aitamara de Fonseca, responsable del área de salud de esta entidad desde hace 12 años, destacó el éxito del programa Mente sana y cuerpo sano, que entre sus objetivos busca mejorar la autoestima de las participantes, reducir la ansiedad y la depresión, reforzar la autoimagen, impulsar la igualdad y prevenir la violencia de género, entre otros asuntos. «Lo interesante es que estas mujeres se convierten en transmisoras de valores a sus hijos y al resto de la comunidad gitana», apuntó de Fonseca.

Las sinergias con el equipo de profesionales liderados por la enfermera comunitaria Loreto Cruz, han permitido además reforzar una de las líneas de trabajo que la enfermería comunitaria de Juan XXIII desarrolla en el centro de salud. Aquí se abordan temas como la alimentación saludable, la importancia del ejercicio, primeros auxilios, prevención y cuidados en el embarazo, cuidado del niño en el primer año de vida, o hábitos de vida saludable para prevenir o abordar la hipertensión o la diabetes.

Según subrayó Cruz, «las mujeres gitanas son luchadoras, cuidadoras innatas y activos de salud que se deben aprovechar para generar esas redes de transmisión».

Su equipo también se ha centrado en la población adulta sana (proporcionando información sanitaria en las iglesias evangelistas una hora antes del culto), con los líderes de las asociaciones gitanas y con la población infantil. «Lo que buscamos es que el trabajo no se quede solo en los talleres y charlas, sino que haya una retroalimentación que permita atender las demandas de la población que ellos mismos nos trasladan», añadió Loreto Cruz.

LOS DATOS

  • Encuesta. En la jornada organizada por Arakerando, Diana Gil, directora de la Cátedra Gitana de la UA, destacó las desigualdades en salud que revela la Encuesta Nacional de Salud a la Población Gitana de 2014
  • Diferencias. El informe refleja que el estado de salud percibido por la población gitana es peor que el de la población en general, en cuanto a problemas de salud, limitación de la actividad principal, sobrepeso y obesidad, accidentes, salud ocular y auditiva, salud bucodental, consumo de tabaco y alcohol, alimentación, actividad física y uso de servicios sanitarios.
  • Mujeres. Según los datos, las mujeres gitanas son el colectivo que peor percepción de la salud tiene. También son quienes mayor prevalencias de sufrir accidentes en el hogar u obesidad. Hay también desigualdad respecto a la población general en otros aspectos de salud como el acceso a consultas preventivas ginecológicas, incidencia de la obesidad y de problemas de salud crónicos como diabetes o hipertensión.

«ME PROPUSE TAPAR BOCAS Y HE TAPADO UNAS CUANTAS»

Soledad Vargas es enfermera, canaria y «sobre todo gitana». Casada a los 15 años, tuvo el primero de sus tres hijos a los 17 y el último a los 20. Fue entonces cuando decidió hacer realidad su sueño de estudiar enfermería, pese a que había abandonado su formación poco después de los 13 años y carecía del graduado escolar.

Fue una carrera de obstáculos en la que encontró muchos prejuicios -sobre todo los propios de la comunidad gitana y de su familia-, burlas, falta de apoyos y dificultades económicas.

«Me levantaba a las siete para limpiar escaleras y después me iba a clase», cuenta Soledad, quien acabó el graduado y llegó a repetir el examen de acceso a la universidad hasta en tres ocasiones para conseguir nota. En 2014 llegó a la universidad, donde siguió esforzándose a pesar del sentimiento de culpa con el que cada día dejaba a su familia. «Me montaba en el TRAM y me ponía a llorar porque dejaba que mi marido vistiera a mis hijos para ir a la escuela», dice.

El esfuerzo tuvo como recompensa un trabajo que le apasiona y que le ha permitido prosperar personal y económicamente. Pero también le ha ayudado a influir en su entorno y en su familia. «Mis tres hermanas estudian medicina, psicología y enfermería;mi marido también se prepara para ser enfermero y mis hijos quieren dedicarse a temas de salud».

No obstante, continúa luchando día a día contra el machismo y el racismo contra el pueblo gitano, así como con el choque cultural que supone su estilo de vida para su propia comunidad. «No es fácil pero las mujeres gitanas debemos avanzar. A mí todo esto me ha hecho más fuerte. Me propuse tapar bocas y he tapado unas cuantas».

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