El caso Friedman contra Degrelle: cuando España frenó las expresiones antisemitas

Voz Populi.- Una víctima de Auschwitz demandó a un exjefe de las SS acogido por Franco tras unas declaraciones. El Tribunal Constitucional consideró que excedían la libertad de expresión

Violeta Friedman es una judía rumana que fue deportada al campo de exterminio Auschwitz-Birkenau. Leon Degrelle era un exjefe de las Waffen SS acogido por Franco en España. La vida de ambos se cruzó cuarenta años después del fin de la segunda guerra mundial. Fue por unas declaraciones del nazi publicadas en la revista Tiempo que entonces dirigía Julián Lago. Iba a ser el origen de un precedente sobre la libertad de expresión y el antisemitismo en la Justicia española.

Ese debate se ha reactivado ahora tras el encarcelamiento de Pablo Hasel -quien también dejó mensajes antisemitas en sus redes sociales- o el acto de homenaje a la División Azul en el que una joven casi adolescente dice que “el judío” es el enemigo de Europa. La chica se llama Isabel Medina y ha concedido varias entrevistas en los últimos días en los que presume que haberse interesado por el nacionalsocialismo desde los 13 años. A esa edad llegó Violeta Friedman a Auschwitz. Allí los nazis mataron a sus padres, sus abuelos y una bisabuela. Ella y su hermana Eva sobrevivieron.

Corría el verano de 1985 cuando Tiempo publicó un reportaje firmado por el periodista Juan Girón Roger titulado así: “Cazadores de nazis vendrán a España para capturar a Degrelle”. El protagonista de la historia era Leon Joseph Marie Ignace Degrelle, nacido en Bélgica y entregado a la causa nacionalsocialista hasta el fin de sus días. Nadie llegó a España para capturarle. Más bien al contrario, murió plácidamente con nacionalidad española en Málaga en 1994 con la identidad de José León Ramírez Reina. En Bélgica prohibieron que sus cenizas fuesen repatriadas.

Reportaje publicado en la revista Tiempo con las declaraciones antisemitas de Degrelle

De origen francés, luchó con las fuerzas del Eje, tras la rendición alemana logró escapar de los aliados rumbo a España. Entró estrellando su avioneta Heinkel exhausta de combustible en las playas de San Sebastián. El régimen franquista le dio protección y esa situación se mantuvo después durante la transición y la democracia. En sus memorias presumió de que Hitler le susurró al oído que hubiese querido tener un hijo como él. “Falta un líder; ojalá que viniera un día el hombre idóneo, aquél que podría salvar a Europa. Pero ya no surgen hombres como el Fürher”, le dijo Degrelle a la revista.

A su juicio “el problema con los judíos es que quieren ser siempre las víctimas, los eternos perseguidos, si no tienen enemigos, los inventan”. Estas expresiones y otras negando el Holocausto y las cámaras de gas llegaron a manos de Violeta Friedman. Entonces tenía 55 años. Huyó tras la guerra a Canadá, se casó en Venezuela y se había afincado junto a su hija en España. Decidió emprender una batalla judicial por la publicación de esas declaraciones y acudió ante un juzgado de primera instancia.

Tres sentencias en contra

El 7 de noviembre de 1985 denunció a Degrelle, pero también al periodista y al director de la revista. Fue una demanda  de protección civil del derecho al honor apelando a una ley de 1978 sobre protección Jurisdiccional de los Derechos Fundamentales de la Persona. El Juzgado de Primera Instancia de Madrid absolvió a los demandados el 16 de junio de 1986. Entendió que a Violeta Friedman no tenía legitimación en el reportaje ninguna de las expresiones se referían concretamente a ella. Esa sentencia fue luego confirmada dos años después por la Sala Primera de lo Civil de la Audiencia Territorial de Madrid por las mismas razones. En 1989 la Sala Primera del Tribunal Supremo tampoco le dio la razón.

El alto tribunal estableció que a los demandados les asistía el “derecho fundamental a la libre expresión de pensamientos, ideas y opiniones” consagrada en la Constitución: “No implican ofensa al honor de persona física concreta o de su familia, aun cuando puedan originar aflicción e incluso sufrimiento”. Tuvo que esperar seis años desde su primera demanda hasta que el Tribunal Constitucional le dio la razón. Amparó a la víctima del Holocausto en una sentencia que marcó la frontera de la libertad expresión en este asunto.

El presidente del tribunal era Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA en 1996. Él y sus compañeros de la Sala Primera del Tribunal Constitucional entendieron que Degrelle “no se limitó a manifestar sus dudas sobre la existencia de cámaras de gas en los campos de concentración nazis” sino que “efectuó juicios ofensivos al pueblo judío manifestando, además, expresamente su deseo de que surja un nuevo Führer”.

Afirmaciones antisemitas

Eran afirmaciones que “manifiestamente poseen una connotación racista y antisemita, y que no pueden interpretarse más que como una incitación antijudía”.

“Esta incitación racista -dice la sentencia- constituye un atentado al honor de la actora y al de todas aquellas personas que, como ella y su familia, estuvieron internadas en los campos nazis de concentración (…) no comporta exclusivamente correcciones personales de la historia sobre la persecución de los judíos, dando una dimensión histórica o moral sino antes al contrario, y esencialmente conllevan imputaciones efectuadas en descrédito y menosprecio de las propias víctimas (…) razón por la cual exceden del ámbito en el que debe entenderse prevalente el derecho a expresar libremente los pensamientos, ideas y opiniones”.

“El derecho al honor de los miembros de un pueblo en cuanto protege el sentimiento de la propia dignidad, resulta lesionado cuando se ofende y desprecia genéricamente (…) aun cuando el requisito constitucional de la veracidad objetiva no opera como límite en el ámbito de las libertades de expresión, tales derechos no garantizan el derecho a difundir un determinado entendimiento de la historia con el deliberado ánimo de discriminar. Ni el ejercicio de la libertad ideológica pueden amparar manifestaciones destinadas a generar sentimientos de hostilidad contra determinados grupos”, zanjó el Tribunal Constitucional.

La victoria judicial de Friedman en los tribunales se vio empañada con otra sentencia del Tribunal Constitucional en 2007 a cuenta de la librería Europa de Barcelona en la que se vendían numerosas obras que negaban el genocidio y alentaban el odio contra los judíos. Los jueces consideraron en ese caso que era inconstitucional castigar la negación del Holocausto, lo que obligó a retirarlo del Código Penal. Afectaba a solo a la negación del hecho histórico, pero seguía siendo delito la difusión «por cualquier medio» de ideas o doctrinas que justifiquen la matanza de judíos.

La negación del Holocausto

Esa situación volvió a cambiar con la reforma del Código Penal de 2015 y la introducción de los llamados delitos de odio. En su artículo 510, sanciona con hasta cuatro años de cárcel a quienes públicamente fomenten el odio por motivos antisemitas. También a quienes “públicamente nieguen, trivialicen gravemente o enaltezcan los delitos de genocidio” o a sus autores por motivos antisemitas “cuando de este modo se promueva o favorezca un clima de violencia, hostilidad, odio o discriminación contra los mismos”. Este artículo es uno de los que ahora el Gobierno contempla reformar a la baja para despenalizarlo, si bien todavía no ha concretado cómo lo hará.

“Para mi madre fue como saber que después de una lucha tan larga, había merecido la pena. Le dio fuerzas para seguir contando su testimonio”, recuerda ahora a Vozpópuli su hija, Patricia Weisz. El abogado de Violeta Friedman fue Jorge Trías Sagnier, quien acaba de escribir un libro sobre aquel juicio. “Fue una de las mayores alegrías de mi vida”, rememora el letrado, quien no comparte las protestas violentas que se están produciendo a cuenta del debate sobre la libertad de expresión. “Nosotros no luchamos para esto”, dice.

Reivindica que la sentencia supuso una victoria para el pueblo judío al tiempo que sentó un antes y un después en España en cuanto a los límites de la libertad de expresión ahora en discusión. Degrelle nunca pagó por sus crímenes porque España nunca le extraditó. Friedman murió en el año 2000 y sus restos descansan el cementerio judío de la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares. Hace dos meses el lugar amaneció con pintadas antisemitas en sus muros: “Judío asesino vamos a por tí”, “Juden bueno, juden muerto”.

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