Y mi respuesta a quienes me acosaban por ser gay en el colegio se hizo viral

Fuente:El Mundo
Fecha: 18/01/2018

La grandes batallas, antes libradas en las Termópilas, hoy se baten en grupos de WhatsApp, que son el puñetero herpes del siglo XXI. Así lo he sufrido en mis mismísimas carnes descarnadas a cuenta de un chat de ex compañeros de colegio, personajes que me destrozaron la niñez a golpes, a insultos, a canalladas. Por maricón, que es un pecado como otro cualquiera. Desde los 10 a los 14 años, non stop, en un tremendo patíbulo de palizas y humillaciones. O sea, lo que los modernos de la parafernalia sociológica llaman bullying.

Me explico: cuando se cumple un cuarto de siglo de mi salida de aquella escuela de los horrores, mis verdugos han ideado un grupo de WhatsApp para organizar un reencuentro. Pura nostalgia que a mí, despellejado por los recuerdos, me escuece, me ofende, me pellizca por dentro. Hace unos días, sin más intención que desahogarme con los más íntimos, escribí unas palabras en mi muro de Facebook, que siento como un plácido salón con chimenea. Y mi secreto de confesión, que hice así en bajito, como un susurro de reclinatorio, se ha vuelto viral. Muy viral. Viralísimo. Reproduzco aquí, sin modificar ni una sola coma, esta reflexión que me salió de las mismísimas tripas:

Éste es el post que, por las extrañas leyes que rigen el ciberespacio, se ha expandido como una metástasis. Se ha generado un fascinante debate sobre mi odio o mi sed de venganza, sobre el poder sanador de las palabras, sobre la inocencia de unos agresores que no sumaban más de 12 años. Yo perdono, claro que perdono. Pero lo de olvidar ya no está en mis manos. Pero siento la obligación de decirles que no lo hicieron bien. Como a los perros cuando orinan sobre el parqué. Lo que hagan ellos con mi discursito -asumirlo, masticarlo, pensarlo, desecharlo- ya es cosa suya.

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