La Educación Especial se rebela: «No cerréis mi cole»

La Razón. Padres, niños y docentes salen a la calle mañana en Valladolid para protestar por una de las medidas más polémicas de la reforma educativa que ha confeccionado Isabel Celaá: la ministra espera que en 2025 todos los centros estén adaptados, algo que los afectados rechazan.

Paula, Lucía y Piluca entran en una de las aulas del colegio María Corredentora con una sonrisa pícara. «Ya están entrando en el pavo», dice cómplice Reyes, una de la profesoras de este centro privado de Educación Especial. Tanto ella como el resto de docentes están preocupados por las iniciativas políticas que amenazan la continuidad de los colegios dedicados, en exclusiva, a los niños con discapacidad física o intelectual. Ellos encuentran en estos centros «una educación específica que les permite avanzar y evolucionar intelectual y socialmente», insisten desde la Plataforma Educación Inclusiva Sí, Especial También, impulsada por padres y docentes que no quieren que se elimine este tipo de educación. «Abogamos siempre por el interés superior del menor. Porque inclusivo es aquello que logra la participación real de los niños en la sociedad, y esto se logra proporcionando una educación de calidad que desarrolle las máximas capacidades de cada alumno», insiste Patricia Giral, madre de Sofía, una niña con síndrome de Down, que también es una de las impulsoras de la Plataforma. Mañana, junto con muchos otros padres, Patricia se manifestará en el centro de Valladolid para reclamar que no se cierre ningún colegio. La cita es a las 12:00 horas en la plaza de Colón.

 Hace unos tres años que Paula se cambió de colegio. «El otro no me gustaba, me ahogaban y me pegaban». No hace falta preguntar más para entender que esta niña rubia, de ojos rasgados –característica de la trisomía 21– e intensamente azules no era feliz en el centro ordinario al que acudía desde que era pequeña. Esa había sido la decisión que en su momento tomó su madre. Querían su plena inclusión, hasta que se dieron cuenta de que la pequeña de la casa no era feliz. Una redacción que hizo para el colegio les puso sobre aviso. Y no lo dudaron. Paula cambia la cara cuando explica qué le gusta del centro en el que estudia ahora: «Tengo muchos amigos», dice con timidez. Es una de las mejores estudiantes de su clase, pero hay una asignatura que le gusta más que el resto: «Ciencias Sociales y Naturales, porque así aprendo cosas sobre el cuerpo humano». Entonces, «¿quieres ser doctora?». «Noooo», afirma tajante. «Quiero ser cantante, como Enrique Iglesias o Luis Fonsi». Lo tiene clarísimo. Le gusta tanto el mundo del espectáculo que sabe muy bien lo que van a hacer este fin de semana en la actividad de ocio –el colegio les organiza cada fin de semana una diferente–: «Vamos a un karaoke». «A cantar “Despacito”», añade Piluca, que también sueña con subir a los escenarios, como hacen «los de “La Voz”» añade.

Piluca es, precisamente, la más pilla de las tres. «Yo toco la batería y también la guitarra», dice. Además, tiene un «plan b» si, finalmente, resulta que lo de la música no es lo suyo. «Quiero ser cocinera», exclama. Y es que, según ella, tiene un plato estrella: «Las alcachofas». Lo cierto es que, como reconoce su madre, es difícil encontrar algún plato que no le guste. Ella tampoco quiere irse de su cole. «Me gusta mucho y aprendo con mis amigos». Dirige la mirada a una foto del aula y empieza a contar: «Tengo diez amigos», concluye, y se acerca a Lucía para bromear con ella. Las tres son inseparables. Tanto que, poco después Paula se levanta de su pupitre para unirse a las dos.

Lucía es la más alta de las tres y también es la más deportista de todas ellas: «Juego al fútbol, al pádel… y soy portera de hockey». Lo del karaoke no le interesa mucho, menos aún cuando lo compara con la visita que tienen programada para dentro de dos semanas. «Vamos al Bernabéu», dice emocionada. «Soy del Real Madrid por Sergio Ramos y por Benzema, pero también me gusta el Atlético», dice sin pararse a pensar en la eterna rivalidad de estos dos equipos. «Yo no quiero que cierren este cole, me gusta, aprendo muchas cosas. La asignatura que mejor se me da es la de Matemáticas». También tiene una idea muy clara de cuál es su profesión favorita: «Voy a ser policía. Así detengo a los malos». Mientras las chicas terminan de explicar su día a día en el colegio, unas jornadas que incluyen desde clases de logopedia hasta sesiones de teatro, pasando por psicodanza, entra otro pequeño revoltoso. Se llama Nacho.

Tiene diez años, pero aparenta menos. Es inquieto y tiene unos grandes ojos verdes que no dejan de buscar estímulo, pero no son rasgados. No tiene ninguna característica del síndrome de Down. «Durante el embarazo, le detectaron una cardiopatía grave. Le tuvieron que operar a los seis días de nacer», explica su madre, Elena Alonso. Tardaron meses hasta que consiguieron darles el diagnóstico: Nacho tiene una enfermedad rara, el síndrome Rubinstein-Taybi. Existen muy pocos casos en España, pero todos cuentan con una característica muy específica: «¿Te has fijado en que tiene los dedos gordos más anchos de lo normal?». Tanto Elena como su marido son profesores de Educación Especial. Así que la posibilidad de que cierren centros como el María Corredentora no sólo afectaría a su hijo, si no que también impactaría en su vida laboral.

Nacho acudió a un centro ordinario de Educación Infantil. «Contaba con muchos apoyos e hizo un año de más», pero cuando tenía que dar el salto a la enseñanza reglada, «no lo dudamos». Les gustaba el sistema de trabajo del María Corredentora y apostaron por él. «Entró sin andar y sin hablar, y mira ahora». Al pequeño le cuesta interactuar con su entorno, sobre todo con los niños de su edad, pero en seguida hace migas con la periodista. Como le gusta leer y ver cómo escriben, apoya su mano en la de la redactora para ir poniendo lo que él dice. «Me gusta la pelota y el tobogán», explica. Y no se despega de su peluche favorito: es uno de Peppa Pig. «Tiene rasgos autistas y en el cole le ayudan mucho con eso. En uno ordinario no saldría adelante», añade su madre. Y es que las grandes aglomeraciones le ponen muy nervioso. «Ha tardado años en poder ir al comedor sin pasarlo mal. Y eso que aquí tienen cinco salas con no más de 15 niños».

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