Familias rotas en la Europa de los refugiados

Fuente: El País
Fecha: 18/01/2017

Padres, hijos, hermanos… Se separan a menudo durante los procesos migratorios. El derecho a la reagrupación debe garantizarse siempre

Estuve en Lesbos por primera vez hace exactamente un año, y desde entonces he conocido y escuchado a cientos de refugiados en mis visitas a los campamentos de la isla, así como a los de Skaramangas y Schisto, dos localidades situadas muy cerca de Atenas.

La situación actual en Grecia

A partir de marzo, a raíz del cierre de la ruta de los Balcanes occidentales y el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, el número de refugiados que llegan a Grecia ha permanecido más o menos estable, pero no ha cesado. Actualmente, en total hay más de 60.000 solicitantes de asilo atrapados en el país, la mayoría viviendo en condiciones desastrosas. Unos 47.000 llegaron antes del acuerdo de la UE con Turquía y viven en el continente. Otros 16.000, aproximadamente, lo hicieron después, y han tenido que quedarse en las islas, donde duplican la capacidad de las instalaciones. Las islas se han convertido en cárceles al aire libre para los refugiados. Las dos únicas posibilidades legales que tienen de salir de Grecia y viajar a otro país europeo es mediante su traslado, o —más importante— a través del programa de reagrupación familiar. Pero el procedimiento es extremadamente lento, injusto e ineficaz, y está dejando a miles de personas varadas en Grecia con una sensación de ausencia de perspectivas y desesperación. Los testimonios que he escuchado lo confirman.

Familias separadas

Cuando empecé a entrevistar a los refugiados para el proyecto de investigación Separados, descubrí que ellos tenían más preguntas que hacerme a mí de las que yo quería formularles a ellos. Estaban desesperados por recibir información sobre su futuro. Querían conocer los procedimientos, sus derechos, y qué opciones tenían. Se preguntaban cuánto tiempo tendrían que esperar aún, qué estaban esperando exactamente, y si volverían a ver alguna vez a sus familias. Yo sabía que, si conseguía darles respuesta, les ayudaría a sentirse más seguros y disminuiría su ansiedad y sus temores. Estaba triste, ya que no tenía información que pudiese servirles de consuelo.

Destrozados y enfrentados a los obstáculos burocráticos y a los prolongados retrasos, algunos refugiados se disponían a recurrir de nuevo a los crueles traficantes de personas y arriesgarse a emprender otro peligroso viaje para encontrarse con los suyos. “¿Cree que es peligroso que vaya a pie a Austria con mi hija para reunirme con mi hermano, que vive allí?”, me preguntaba una mujer siria cuando la entrevisté el pasado mes de mayo. Estas son las preguntas más perturbadoras y difíciles de contestar. Su reacción a mi respuesta afirmativa me dejó de piedra: “Pero, si he conseguido llegar andando desde Irán hasta Grecia, seguro que esto también lo consigo”.

En ese mismo momento, una familia separada de uno de los campamentos busca la oportunidad de viajar clandestinamente a Holanda e intentar reunirse allí con el resto de sus miembros. Me piden mi opinión. ¿Deberían intentarlo? Les digo que la idea es arriesgada y que no deberían ir, no solo porque de verdad lo creo, sino también porque me parece que es mi obligación respetar las normas y los procedimientos. Pero, cuando salgo del campamento, al mirar atrás y ver esa enorme superficie inhumana, intento ser sincera conmigo misma y pensar qué haría yo si me encontrase atrapada en ese limbo. ¿Sería lo bastante paciente para esperar meses, tal vez años, hasta poder reunirme con mi familia y empezar mi vida de nuevo? ¿Cómo me sentiría si supiese que mi hijo menor de edad vivía solo en una campamento de Alemania y yo estuviese bloqueada a 1.500 kilómetros de allí? ¿Antepondría mi familia a todo lo demás, igual que ella me antepone a mí?

Pensando en esto me viene a la memoria una de las conversaciones más vívidas, y, todavía hoy, desgarradoras, con una mujer llamada Naime. La mujer me contó que su marido había muerto solo dos días antes de que yo la conociese. Era diabético, y en el campamento no pudieron encontrar insulina, así que murió por un fallo renal. Los dejó a ella y a dos hijos de 19 y 14 años que la esperan en Alemania. Salieron de Irán todos juntos, pero en la frontera turca los separaron y los padres se quedaron atrás. Me dice llorando que su marido quería ver a sus hijos una última vez antes de morir. No pudo. Sé que debería haberme puesto triste al oírlo, pero mi indignación se impuso a mi tristeza. ¿Cómo podemos dejar tiradas tan cruelmente a esas personas? Cuando escuché la historia de Naime en mayo, ella ya llevaba muchos meses en el campamento. Cuando volví hace unas semanas, allí estaba otra vez. Increíblemente, seguía esperando a que su caso recibiese el visto bueno.

Las dos historias se mezclan en mi mente hasta que ya no soy capaz de distinguir qué está bien y qué está mal en este dilema personal. Pero lo que sé seguro es que nadie debería tener que tomar nunca una decisión así. En teoría, Europa y sus Estados miembros están firmemente comprometidos con el respeto al derecho a la vida de las familias, que también cuenta con la protección de la normativa en materia de derechos humanos y la legislación internacionales. Pero, en la práctica, no siempre están a la altura de estas obligaciones, como vi con mis propios ojos el año pasado. Puede que, en el mejor de los casos, estas familias de refugiados ahora estén viviendo en el mismo continente, pero sus vidas cotidianas paralelas son mundos aparte.

Los obstáculos

Uno de los principales obstáculos que impide que las familias se reúnan es la definición excesivamente estricta de qué constituye una “familia” en la legislación europea. Se define como miembros de la familia únicamente a la pareja casada (o no casada, si las prácticas del país lo permiten) y a sus hijos menores. Con ello no se tienen en cuenta las necesidades y las relaciones humanas realmente existentes y, en la práctica, se separa a los padres de sus hijos adultos y se divide a los hermanos, así como otras redes de apoyo cruciales, importantes no solo para los propios refugiados, sino también para las sociedades en las que estos acabarán integrándose. Las personas vulnerables, como las mujeres que viajan solas con menores de edad, los ancianos o los discapacitados, pueden quedarse sin las redes familiares de apoyo de las que dependen y que podrían haberlas ayudado a instalarse mejor en sus nuevos países. El impacto humano de todo esto es muy negativo y tiene peligrosas consecuencias para el bienestar y la vida diaria de los refugiados.

Otro grave problema es la duración del proceso de reagrupación, que parece —y, en ocasiones, lo es efectivamente— eterno. He hablado con personas que han esperado más de nueve meses a que las reuniesen con los miembros de su familia. Estos lapsos de tiempo tan prolongados son dolorosos en extremo, sobre todo para quienes intentan reunirse con sus hijos pequeños que están viviendo en otro país sin ningún familiar adulto, un situación muy frecuente dado que más de una tercera parte de los recién llegados el año pasado eran niños, que a menudo llegaron sin acompañantes. También están los que tienen pequeños con necesidades especiales o con problemas de salud, o los que están esperando un hijo. Este era el caso de Mahdi, un refugiado iraní que vive en Suecia. Su mujer embarazada viajaba sola, y cuando yo los conocí, llevaba más de cuatro meses atrapada en Atenas. Estaban tan ansiosos por volver a reunirse y tener a su primer hijo en familia que él se tomó 20 días de su trabajo y se fue al campamento para llevarla con él a Suecia. Pensó que eso era lo único que tenía que hacer. En un sistema insensato e irracional, una persona totalmente cuerda pude intentar cometer actos disparatados para conseguir su objetivo.

La necesidad urgente de reformas

En los últimos años, la reagrupación familiar ha sido parte integrante y fundamental de las políticas de inmigración de la Unión Europea, y una manera importante de encontrar vías seguras y legales de entrar en la Unión Europea para las personas que viven en situaciones precarias. Entre 2008 y 2014, aproximadamente el 30% de los permisos de residencia concedidos en la UE a ciudadanos no pertenecientes a la Unión tuvieron como finalidad la reagrupación familiar. No podemos permitir que esto se deteriore. Tenemos que pedir a las autoridades que garanticen que se proporciona a todos los refugiados la protección que necesitan y que su derecho a la vida en familia y a la reagrupación familiar se salvaguarda en la mayor medida posible.

La familia es el mecanismo de apoyo mínimo y esencial para la mayoría de nosotros. Puede que a veces me aburra en las cenas familiares, pero sé que, en los momentos de desesperación, siempre recurriré a ella. Es urgente que los países europeos trabajen más y garanticen que las personas que lo han dejado todo y no tienen nada, al menos tengan acceso a su red familiar de apoyo. Ninguna familia debería ser separada innecesariamente.

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