El reto de independizarse siendo una estudiante universitaria con discapacidad

El Mundo.- Un programa piloto de la Universidad de Sevilla hace posible que los estudiantes con discapacidad psíquica y física puedan emanciparse, compartiendo vivienda con otros universitarios que les ayudan en su día a día. Su objetivo es conseguir su integración social tanto en la etapa estudiantil como en su futura inserción laboral.

Sofía ofrece una taza de té a su compañera mientras termina de ordenar el salón de su piso. Ayer varios amigos estuvieron allí tomando algo por la noche. “Aquí siempre hay gente. Es lo mejor de haberme mudado sola, que he conocido a mucha gente y he ampliado el círculo de amistades, que antes era muy reducido. Algunas veces esto parece un consultorio”, bromea.

A esta estudiante de 26 años del Grado de Estudios Ingleses de la Universidad de Sevilla le gustaría ser intérprete, aunque aún no lo tiene claro y ya ha probado con Turismo y Filosofía. De origen ucraniano, lleva nueve años viviendo en Sevilla, y asegura que los idiomas y el cine son dos de las cosas que más le llaman la atención. “Me encantaría poder subtitular las películas porque me gusta mucho el cine. Esta semana ha sido el Festival de Cine y estoy yendo a ver muchas pelis con los compañeros”.

El salón de su piso, amplio y luminoso, está decorado con algunos dibujos de sus ilustradoras favoritas. Se anima a enseñar algunos de sus libros ilustrados, dedicados por las autoras, y debate con entusiasmo con su compañera sobre cuál le gusta más y por qué. Comenta que le gustaría poder ver un concierto de Billie Eilish, el nuevo fenómeno pop estadounidense.

Sofía y Marta, esta última de la misma edad que su amiga; en plena preparación del MIR tras haber finalizado el Grado de Medicina, viven en una de las 11 viviendas inclusivas de este programa piloto de la Unidad de Atención al Estudiante con Discapacidad de la Universidad de Sevilla. Pisos compartidos por dos personas, un estudiante con discapacidad y otro colaborador.

Sofía arrastra una historia de superación por muchas razones: “Vuando vine a España, hace nueve años, tenía idea de gramática, aunque aprendí a hablar aquí, y en seis meses, aunque todo el mundo me decía que era imposible, aprobé Selectividad”.

Esta universitaria explica con naturalidad, además, que convive desde pequeña con un diagnóstico vinculado a una discapacidad psíquica. “Aquí la mayoría de la gente que me conoce lo sabe. En Ucrania, por ejemplo, no. No está normalizado y te ven como alguien peligroso. Yo lo comparto con normalidad. A lo mejor no lo cuento de golpe, pero tenerlo dentro, esconderlo… Yo tengo mi tratamiento, que ir al psicólogo, eso es difícil de tapar”.

Para su compañera de piso, Marta Fernández, “una persona por tener una discapacidad no va a ser más resiliente que otra. La resiliencia es una capacidad que puede tener cualquier persona ante una situación concreta, pero por tener esa condición vas a ser más fuerte o luchadora que otra. Por eso, a nosotros no nos gusta diferenciar entre los del grupo 1, los compañeros con alguna discapacidad, y los del grupo 2, los estudiantes colaboradores”. Marta, que se define como “un culo inquieto”, ya participó en otro programa de convivencia en la universidad con una persona mayor. “Aquí convivimos todos y nos ayudamos entre todos. Esta experiencia se basa en el apoyo mutuo”, puntualiza.

Este proyecto, que afronta su segunda convocatoria, persigue dar soporte a la comunidad universitaria con discapacidad, 700 censados según los datos de la Universidad de Sevilla. Su objetivo es hacer posible su derecho efectivo a ser independientes, más allá de la asistencia física y psicológica prestada por la institución según sus necesidades. “Yo supe de este programa por el BINUS, el boletín de noticias de la universidad que te llega al correo electrónico. Desde entonces lo miro siempre”, indica Sofía.

Cada curso se abre un período de inscripción y se publican los requisitos necesarios para los estudiantes interesados: la nota media del Bachillerato, la distancia de su domicilio de origen o su situación económica son algunos de ellos. Puede participar cualquier miembro de la comunidad universitaria, también profesorado y otro personal, con independencia de su formación, o grado de dependencia física o discapacidad sensorial y psíquica. Además del contrato de alquiler al uso, se establece un acuerdo de convivencia vinculado a la limpieza, algunos horarios para fomentar las rutinas, el orden diario, etc. Todo ello para fortalecer la relación espontánea que ya surge de por sí.

Marta asegura que el día a día en estos pisos supone un verdadero reto. “No es lo mismo conocer una discapacidad a nivel teórico que vivirla de cerca. Siempre se plantean situaciones que no te esperas. En ese momento, lo intentas hacer lo mejor posible, ayudas como puedes”. Esta futura médica, que aún no sabe cuál será su especialidad, explica que participar en este programa es un golpe de realidad: “aquí los compañeros del grupo 2 venimos con buena voluntad, no todos tienen conocimientos básicos para ayudar más allá de apoyarlos en el día a día y ponerse en la piel del otro”. “Algo que parece que está en peligro de extinción ya con las redes sociales, que son un poco el Mr. Wonderful de la vida. Ya no ves realidades, ves ficciones, todo va con filtros”, apostilla con contundencia.

Sofía está de acuerdo con su amiga. “Yo tengo momentos en que me encuentro mal por mi enfermedad y ahí siempre intento apartarme de todos”, explica, “luego veo que la gente se preocupa por mí, que me quieren y entonces quiero seguir luchando. Al final aquí me he dado cuenta de que soy bastante social”.

Marta, asimismo, describe que la experiencia hace que se replanteen muchas prioridades y dificultades vitales. “Te das cuenta de que en general no estamos nada adaptados. No hablo de poner una rampa o adecuar un plato de ducha, te hablo de los propios programas de estudios, de cómo tratamos por ejemplo a personas con enfermedades mentales”, afirma. “Estamos lejos de estar sensibilizados y empatizar con esas realidades. Les pedimos que se comporten como son y, cuando lo hacen, los estigmatizamos y se enfrentan al rechazo”, concluye.

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