Pero el cansancio no abate a Maria José que lo primero que nos pregunta cuando nos ponemos en contacto es si tenemos el teléfono de los padres de los hermanos de Usera, que después de denunciar el bullying que sufrían sus hijos durante más de un año, tuvieron que esperar a que la policía detuviera a los agresores la semana pasada en la puerta de su casa, para que les creyeran. “Por favor, si hablas con esos padres, dales el teléfono de nuestra asociación porque podemos ayudarles”.

Las asociaciones contra el acoso escolar son el primer -y único en muchos casos- territorio seguro al que acceden los padres de un menor acosado. Les indican qué medidas tomar para enfrentar el problema, pero sobre todo sirven de confesionario, de terapia, de paño de lágrimas. Son el territorio de la escucha. Y algo más: el espacio en el que por primera vez las víctimas y sus progenitores sienten que se les cree.

“Esto es igual que la violencia de género o lo que sucede con las chicas violadas. La sociedad pone en cuestión su testimonio todo el tiempo y las instituciones retuercen los hechos para que la víctima se convierta en culpable. Exactamente lo mismo pasa con los menores que sufren acoso y con los padres que intentan denunciarlo”, le dice a Público, Maria José.

Fue lo que le sucedió a M.I.M.Z -prefiere dar a conocer apenas sus iniciales- una madre de Santurce que pasó ocho años peleando para que en la ikastola en la que estudiaba su hija pusiera alguna medida para frenar el acoso de la pequeña. Ocho años para que la inspección la creyera. Ocho años de medicaciones, visitas al psicólogo, llantos en el baño, llantos debajo de la cama, y un suspiro todas las mañanas -de lunes a viernes- con el corazón encogido en una frase: “A ver qué va a pasar hoy”.

I.G.M. tiene 16 años y se siente “casi recuperada”. Lo que es mucho para alguien que ha pasado la mitad de su vida dentro de una pesadilla haciendo aspavientos para despertar: “Todas las mañanas iba a la escuela pensando que iba a ser un buen día, que no me iba a pasar nada, pero siempre volvía a casa llorando”, le cuenta a Público. Con siete años otra niña del colegio le dijo: “Ahora que va a nacer tu hermano tus padres no te van a querer más”. Dice que esa fue la primera frase que le hizo daño. Luego llegarían el “tú eres tonta”, “boba”, “nadie te quiere cerca”, “retrasada”, los insultos en la puerta de su casa, las amenazas. Y el estar sola en el recreo, sola en el comedor, sola a la salida de clase, los cumpleaños sin fiesta, el quedarse sin viaje de fin de curso, evitar las excursiones. “Una infancia robada”, resume su madre.

Todo empezó en 2º de primaria cuando le diagnosticaran TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y dislexia. Era leer en alto y empezaban las risas, los insultos, los cuchicheos. “Algunos alumnos son más proclives a ser víctimas de bullying: aquellos con alguna vulnerabilidad o los que por algún motivo destacan por ser diferentes, pero también pueden sufrirlo alumnos brillantes. En realidad el acoso escolar puede afectar a cualquier niño o niña en algún momento de su paso por el sistema educativo. No hay ningún motivo para el bullying, lo único que cuenta es la voluntad de acosar”, nos explica Josep Soler, psicólogo y presidente de la asociación catalana NACE (No al Acoso Escolar).

Según un estudio de Save the Children de 2016 en España habría al menos 193.000 menores víctimas de bullying y cyberbullying (acoso en las redes sociales) y 103.000 agresores. Uno de cada diez alumnos españoles reconoce haberlo sufrido, pero las cifras pueden ser mucho mayores porque si por algo se caracteriza este tipo de acoso es por el silencio. No sólo callan las víctimas, con su vergüenza o su sentimiento de culpa, también los agresores, los observadores (los alumnos que ven, escuchan y no dicen nada), los directores del colegio, incluso inspectores. “Para el centro, para los directores, para los profesores es un marrón, nadie se responsabiliza”, dice Maria José. Lo mismo repite Josep: “He visto casos de niños que estaban sufriendo mucho y que los inspectores se han pasado el año escolar en reuniones para ver cómo solucionarlo sin llegar a nada, y mientras, el menor completamente desesperado. Por no hablar de los colegios que nunca quieren reconocer que tienen ese problema, todos echan balones fuera”.

Bullying: de hijos a padres

Como una bola de frontón que se golpea una y otra vez contra la pared dice que es como se ha sentido durante ocho años M.I.M.Z y su hija, I.G.M. En 2º de primaria fue la primera vez que un psicólogo externo a la escuela le dijo a la madre que su niña sufría bullying. Cuando fue al centro y lo habló primero con la tutora y luego con el director se lo negaron, y a la que culparon fue a su hija. Que si la niña era muy introvertida, una “niña especial”, que no sabía hacerse amigos. También le negaron la opción de cambiarse de clase, es más, decidieron que se sentara al lado de las niñas que la insultaban: “La profesora me dijo que el roce hace el cariño y que tendrían que aprender a la fuerza a ser amigas”.

A medida que pasaba de curso los problemas empeoraban y los padres de I.G.M. insistían en el único recorrido posible para enfrentar el problema: denuncias en el centro, de ahí a inspección, de ahí a la diputación. Además de las visitas al psiquiatra, psicólogo, y a la asociación de Vizcaya. Cuando llegó 4º de la ESO -el año del crack- ya se habían abierto media docena de protocolos para investigar al centro pero todo seguía igual. “Lo de los protocolos no sirve de nada, lo usan para aparentar que hacen algo, pero al final nadie se responsabiliza”. A esas alturas también los padres comenzaron a sufrir bullying: “En el centro nos empezaron a odiar, decían que lo que le pasaba a nuestra hija era que estaba muy sobreprotegida, que la culpa era nuestra y que debíamos hacer terapia familiar. Los padres de sus compañeros dejaron de hablarnos, nos bloquearon de los grupos de WhatsApp de la escuela, nos estigmatizaron por haber denunciado la persecución que sufría mi hija, decían que exagerábamos”.

El crack vino en clase de Educación Física. Tenían que hacer una prueba y cuando le tocó el turno a I.G.M todos los compañeros se marcharon, la dejaron sola. Hizo la prueba. Le salió mal, claro, y al volver al vestuario para cambiarse de ropa, sus compañeras no la dejaron entrar. Rogaba que le abrieran pero apenas unas risas le respondían detrás de la puerta. Entre llantos fue a dirección a contar lo que le pasaba y el director respondió: “Eso es mentira, no te lo inventes”. Así vino el click, el basta, el no puedo más, el decirle a la psiquiatra que si volvía al colegio se tiraba por la ventana.

“Mi hija llegó a casa con una crisis de pánico porque la torturaban en clase y los adultos que en teoría tenían que defenderla hicieron lo mismo. Cuando la psiquiatra me dijo que no podría volver a esa escuela nunca más porque corría riesgo de suicidarse se me cayó el alma a los pies. Es una frase que ningún padre está preparado para oír”.

Fue así, en el límite, cuando la niña ya estaba demasiado herida, que la inspección ordenó que la menor terminara el curso escolar de forma online. Fue así como consiguió trasladarla a otra ikastola para empezar Bachillerato en un centro nuevo que le ha cambiado la vida: “Allí los profesores enseñan a que todos nos respetemos, que estamos para estudiar y no hacer daño a nadie”, nos dice esta adolescente que ya va al cine con las amigas, se habla con todo el mundo, y que aunque mantiene sus visitas al psiquiatra está contenta porque ya no necesita los ansiolíticos.

“Cosas de niños”

La falta de formación de los profesores, la ausencia de protocolos para la prevención a nivel estatal y la “poca importancia” que se le sigue dando al acoso en las escuelas son según asociaciones como AMACAE, NACE o la propia Save the Children, las razones que llevan a esta lista de despropósitos que van unidos a los casos de bullying: “Falta una cultura de rechazo al acoso. Mucha gente entiende estos agravios como cosas de niños, peleas de escuela, como si no tuvieran importancia. No es así, hay un menor que sufre y que está siendo maltratado, es un problema muy serio”, nos dice Carmela del Moral, analista Jurídico de Derechos de Infancia de Save the Children.

Para el psicólogo Josep Soler la formación del profesorado, orientadores, y de la propia inspección es la clave para enfrentar este problema: “No basta con hablar un día en clase o ver una película sobre el tema, la promoción del respeto se debe trabajar a diario”. Maria José Fernández, hace hincapié en la poca importancia que se le da al problema, y la soledad que sufren las familias cuando le piden explicaciones a la escuela: “Es increíble cómo los padres de otros alumnos se les echan encima, los profesores suelen quitar importancia, y los directores no quieren ese estigma en su escuela. Al final las víctimas son culpabilizadas y no saben qué puertas tocar porque nadie quiere saber del problema hasta que sucede una tragedia”. Desde la Fundación Anar (Apoyo al Niño y Adolescente en Riesgo) insisten en la prevención, especialmente entre los niños más pequeños que suelen ser los que tienen menos recursos para denunciar lo que están pasando.

I.G.M tiene claro que cuando sea mayor va a estudiar Pedagogía Terapéutica para evitar que “esos niños del futuro pasen lo que yo pasé”, nos dice.
-¿Qué consejo le darías a un menor que esté sufriendo acoso ahora mismo?, le preguntamos.
Que lo cuenten. Siempre que hablen.