El grupo clase, clave para acabar con el acoso escolar

El Periodico. El acoso escolar no es un juego de niños, nos afecta a todos. Se trata de una forma de violencia entre iguales que se caracteriza por ser intencionada y recurrente. En Catalunya, más de 16.000 alumnos son víctimas de acoso escolar y 12.500 de ciberacoso (cuando se utilizan las nuevas tecnologías para acosar a alguien), según el informe de Save the Children “Yo a eso no juego”. Unas cifras que seguramente son más altas ya que en muchos casos de bullying impera la “ley del silencio”: quienes lo sufren lo callan por miedo o por vergüenza.

Por lo general, los niños y niñas que tienen necesidades educativas especiales son más vulnerables a sufrir acoso escolar. Casi la mitad de los niños y niñas con trastorno del espectro del autismo (TEA), como Irina, sufren acoso escolar. Investigaciones internacionales destacan que entre el 40 y el 80% de estudiantes con TEA sufren acoso escolar, frente al 10,6% de los estudiantes sin este trastorno o sin discapacidad, según la Confederación Autismo España. Este acoso suele caracterizarse por insultos, burlas o exclusión social.

Las dificultades de comprensión social y de comunicación que pueden tener los niños y niñas con autismo hacen que en ocasiones ellos mismos no sepan identificarlo, según alerta la Confederación. Además, la falta de una red social que les de apoyo aumenta el riesgo a sufrirlo. En este sentido, se hace patente la importancia de trabajar con todos los estudiantes de la clase de la víctima.

En los casos de bullying casi siempre existe el triángulo del acoso donde hay una víctima, el acosador y en muchos casos testigos / espectadores. Presenciar situaciones de acoso y no hacer nada convierte a estos testigos en cómplices sin quererlo. Muchas veces los alumnos que son testigos de situaciones de bullying no lo explican por miedo a represalias del acosador y para evitar la etiqueta de chivato. Por eso es necesario empoderar a todos estos niños y niñas para que rompan el silencio y denuncien estas situaciones, buscando un referente adulto en la escuela, profesores, monitores o en casa a quienes puedan explicar lo que está sucediendo en clase. Las metodologías correctas son las que trabajan directamente con el grupo y no personifican en víctimas y agresores. La implicación de los compañeros es fundamental para detener episodios de bullying; se trata de que todos las niñas y niños de clase sean partícipes y de que entre todos puedan buscar soluciones

Pero por supuesto, cuando hablamos de acoso todo lo que no es prevención es llegar demasiado tarde. Es llegar cuando el menor ya ha sido menospreciado o acosado. Por eso cualquier metodología tiene que pasar por la prevención. Para ello es necesario que los profesionales que trabajan con menores tengan una formación específica para que sean capaces de prevenir y detectar cualquier tipo de abuso. También tiene que haber protocolos en todos los centros escolares para prevenir, detectar y actuar ante casos de acoso escolar. La escuela no es el problema sino la solución. Desde las aulas se puede empoderar a los niños y niñas a no ser partícipes del acoso, a saber decir basta, a denunciar estas situaciones y a ponerse en la piel de cada compañero y compañera. Estos protocolos tienen que tener sus cimientos en la prevención, pero no solo con charlas puntuales sino con contenidos integrados en el currículo escolar. Porque el acoso no es una chiquillada, tenemos que pararlo entre todos.

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