El acoso a adolescentes gallegos trans: «A veces no puedo ir a clase por miedo»

La Voz de Galicia.- Tres jóvenes relatan su dura experiencia dentro y fuera de las aulas. «Las miradas a veces son más dañinas que una paliza»

La identidad sexual suele descubrirse en la adolescencia, y es en esa etapa de la vida en la que los menores que se salen de los cánones de una sociedad que los etiqueta como hombres o mujeres empiezan a sufrir rechazo, bullying y acoso, dentro y fuera de las aulas.

Arelas, una asociación constituida en Galicia por familias de menores trans, es el refugio de los jóvenes que no se identifican con los clichés de género clásicos. La entidad, que reivindica el derecho de las personas a ser diferentes, es testigo del hostigamiento diario que sufren estos adolescentes, incomprendidos muchas veces por sus propias familias. Tres menores del colectivo LGTBI relatan su caso pidiendo el anonimato. Creen que denunciar no es la mejor opción. «Siempre se me ha echado a mí la culpa», dice uno.

Un caso: «Tengo 15 años y pertenezco al género no binario, soy genderfluid. El género que me asignaron al nacer fue el femenino. Lo que siento es real y soy así». Está escolarizado. «Estoy haciendo una FP básica de peluquería y estética. Después de dos años sufriendo bullying en secundaria en un centro público, y un año en uno concertado, decidí que el sistema de la ESO no era lo suficientemente inclusivo», sostiene. Se decidió por la FP «después de hablarlo detenidamente con mis padres y mis terapeutas, que lo vieron como fracaso escolar». Pero no siempre va a clase. «A veces no puedo ir por las crisis que me produce el miedo y las experiencias en la ESO y en primaria, donde me llamaban marimacho».

Otro usuario de Arelas, un chico de 17 años, admite que descubrir su identidad sexual fue traumático, pero si lo analiza en positivo «una salida del armario es siempre una limpieza de gente en tu entorno; la que vale la pena es la que se queda ahí». Como la inmensa mayoría de los adolescentes trans, sufrió acoso escolar. «Al principio de la transición todo son miradas y murmullos, porque con cierta edad, aún se señala lo diferente». El calificativo de «maricón» le acompañó a lo largo de esa etapa. «Es algo con lo que cargas hasta que un día ves que no puedes más y buscas ayuda». Si bien se reconoce «agobiado» y que en algún momento sintió miedo de salir a la calle, admite que, al menos en su caso, sí tuvo apoyo. «El de mis abuelos, que a pesar de ser gente mayor lo entendieron mucho mejor que muchos chavales y están siempre ahí, acompañándome en mi transición». También el de sus profesores, «que han tratado de hacer del centro un espacio seguro». Pero sabe que no siempre es así. Conoce a compañeros que no han tenido esa suerte y soportaron este tipo de acoso por parte del profesorado.

«Tengo 16 años y el sexo que me asignaron es masculino, pero siempre he sido y soy una mujer», explica otra adolescente. «Mi familia no acaba de aceptar mi transexualidad. Dicen que sí, pero lo cierto es que no me ayudan a conseguir las cosas que necesito, como cambiar el nombre en el DNI o acceder a tratamientos. Mi padre es el que más me rechaza. Imagino que no soporta que su hombrecito sea una mujer». Sufre acoso en clase, donde le llaman por mi nombre masculino para hacerle daño y para recordarle que no es una mujer.

Uno de los jóvenes relata que las miradas de asco y la estigmatización, es decir, la violencia psíquica, «puede llegar a ser más dañino que una paliza». Según Amnistía Internacional, el 70 % de los jóvenes que forman parte del colectivo LGTBI lo ocultan en la adolescencia porque creen que la sociedad no los apoya. La presión social para comportarse como mandan los cánones de género es, según la oenegé, la principal causa de acoso en las aulas.

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