¿A qué edad hay que contarle a un hijo el Holocausto?

Fuente: El Mundo
Fecha: 02/04/2017

Fue la portada número 46 de El Capitán América. El superhéroe blanquiazul le cruza la cara con su escudo a un nazi gordo descamisado. El villano, ornado con una gorra del Ejército Alemán, sostiene una pala en mano delante de una caldera ardiendo. La escena ocurre en el interior de una especie de prisión: se advierten las paredes de piedra y una reja con gruesos barrotes. Las llamas de esa gran bombona metálica alimentan un horno descomunal, escoltado por dos soldados, ante el que hace fila un grupo de presos, mujeres y hombres, que contempla cómo Robin se lanza sobre otro oficial alemán. El cómic llegó a los quioscos americanos el 1 de abril de 1945 y costaba 10 céntimos. ¿Quiénes ardían en esos campos de concentración?Responder entonces a aquella pregunta no era tan fácil. Dentro del ejemplar, los hornos crematorios no volvían a aparecer. Ni en ese cómic ni prácticamente en ninguno de los siguientes 30 años. Y, cuando despuntaban, los guionistas evitaban misteriosamente definir a la víctima principal del horror industrializado que fue el Holocausto. La narración se había olvidado de su principal víctima: los judíos.

En 1946, Hitler ofrecerá en vano a Superman sumarse al club de la raza superior, pero ni en ese tebeo se menciona a los que el Führer consideraba «inferiores». Un agrio silencio que, en Estados Unidos, duró hasta 1955, cuando Bernard Krigstein , en Master Race, dibujó la huida de un oficial nazi de un campo de la muerte y su posterior refugio… en Nueva York. En el cómic francobelga, el más importante de Europa, el Holocausto no fue un argumento recurrente hasta los 80. Sólo luego llegarían Art Spiegelman (Maus), Enki Bilal y muchos otros. Ignoro a qué edad es conveniente explicarle a un hijo que en Europa, hace no mucho, se asesinó a seis millones de judíos. Yo lo hice el fin de semana pasado, en el Memorial de la Shoah de París, que alberga una escueta y valiente exposición sobre el cómic y los campos de concentración. Una amiga me recomendó, con mucho sentido común, que empezara por La vida es bella. No lo hice. Quizás para que Luna, que tiene 9 años, se dé cuenta de que tantas veces la vida puede no serlo.Surgieron las preguntas. Evidentes e irresolubles: «¿Por qué?». Curiosas: «Papá, ¿y los alemanes de hoy qué piensan de lo que hicieron sus compatriotas?». Definitivas: «Papá, ¿se puede matar a los que matan? Porque a los terroristas que atentan en París hay que intentar matarlos para que no maten». La exposición incluye un pequeño filmado de ficción sobre la llegada a un campo. Las filas, a un lado mujeres, niños y ancianos; al otro, los que postergaron su muerte por poder coger una pala. Caminábamos ya por el Marais. «Papá, no hace falta que me digas qué es el humo. Creo que lo he entendido».

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