Algo tan inglés como la clase y la raza

La Vanguardia.- Los padres de clase media y alta, con ahorros y niñeras, no quieren enviar aún a los niños al colegio; los de clase trabajadora, sí

Durante la gripe española de hace un siglo, los médicos franceses descubrieron para su sorpresa que el mayor número de víctimas se registraba en los elegantes bulevares de París. Un auténtico enigma, hasta que se dieron cuenta de que los muertos no eran los señores que se desplazaban por la ciudad en sus carruajes y contemplaban la enfermedad desde la altura de los balcones de sus fabulosos pisos, sino sus sirvientes. Las enfermedades siempre han sido muy respetuosas con las nociones de clase y de raza.

 El coronavirus no es ninguna excepción en Inglaterra, donde el clasismo y el racismo prevalecen en el siglo XXI, hasta el punto de que el setenta por ciento de los ministros del gabinete de Boris Johnson han ido a colegios privados (de los que los niños salen con un acento diferente al de las clases trabajadoras), y casi la mitad son licenciados por Oxford y Cambridge. Paralelamente, la inmensa mayoría de actuaciones policiales para llamar la atención por incumplir las reglas del confinamiento se registran en barrios pobres y de mayorías asiáticas y afrocaribeñas.

Raza y clase. También en el debate sobre si las guarderías y las escuelas primarias deben empezar a abrir el 1 de junio, como indica el calendario del gobierno Johnson, o convendría esperar más a ver cómo evoluciona la pandemia, a que se sepa más sobre el comportamiento de la enfermedad, a que el sistema sanitario disponga de la capacidad para testar y localizar los contactos de quienes se infecten. Qué casualidad, los padres de clase media y alta (con más recursos económicos y capacidad de teletrabajar y contratar niñeras) optan por la prudencia, y los de clase trabajadora (que necesitan volver a ganar dinero y no tener que ocuparse de los niños) apuestan por la reapertura de las aulas.

En un país como el Reino Unido fracturado ya territorialmente (Inglaterra por un lado, y Escocia, Gales e Irlanda del Norte por otro), generacionalmente (jóvenes y mayores), entre el campo y la ciudad y por el Brexit, ahora se suma la división por si los niños pequeños han de volver a clase antes del verano.
El Gobierno, escaldado por haber mostrado demasiado sus cartas al principio de la crisis y apostado por proteger la economía desarrollando inmunidad de grupo al margen de cuántas vidas costara esa estrategia, se parapeta en el argumento del terrible daño educativo que significa para los niños no estudiar, y en que los más perjudicados serán los más vulnerables, los de familias que se encuentran por debajo del índice oficial de pobreza, y dependen de las comidas gratuitas en el colegio para su bienestar. Ello es cierto, pero la principal motivación de la Administración Johnson es el empeño en que el país se ponga a trabajar lo antes posible, como demandan los empresarios, los pequeños comerciantes y los mecenas del Partido Conservado.

La portada de ayer del Sunday Times lamentaba que la mitad de las cien personas más ricas del país han perdido dinero por culpa del parón desencadenado por el coronavirus, y sus pérdidas se elevan a 8.000 millones de euros.

Los británicos respaldaron la respuesta de su primer ministro a la crisis, y más aún después de padecer él mismo la enfermedad, pero esa opinión favorable se ha esfumado en la desescalada, y la mayoría opina que está corriendo demasiado. En el tema crucial de la reapertura de las escuelas, asociaciones de padres, autoridades locales como el Ayuntamiento de Manchester, sindicatos, el colectivo de maestros y el colegio de médicos han expresado en público su opinión de que se trata de un grave riesgo, al desconocerse en gran medida el impacto de la Covid-19 sobre los niños pequeños y la capacidad de transmisión que éstos tienen (los científicos divergen el respecto y no hay estudios concluyentes).

A profesores que por las reglas de distanciamiento todavía no pueden ver juntos a su padre y a su madre, ni a sus sobrinos, ni a sus amigos, se les pide en cambio que se desplacen en transporte público para ir a trabajar, que interactúen con decenas de criaturas y queden a la merced de si ellos y sus familias están o no infectados. Mucho pedir.

Igual que en Estados Unidos y otros países con un mapa racial diverso, la enfermedad se ceba en Gran Bretaña de una manera desproporcionado en las comunidades étnicas, algo que seguramente tiene mucho que ver con las estructuras familiares, el hacinamiento de las viviendas, las condiciones sanitarias y la calidad de los hospitales. Pero no sólo es racismo sino también clasismo. Las familias acomodadas se pueden permitir el lujo de esperar, y un ochenta por ciento de ellas estima que el 1 de junio es demasiado pronto para mandar a los niños a la escuela. A las de clase obrera tampoco les fascina la idea, pero están divididas al cincuenta por ciento a la hora de valorar la decisión del Gobierno. Piensan que, les guste más o menos, no tienen otra opción que volver a trabajar.

Igual que en el París de la gripe española, la pandemia no es lo mismo para unos que para otros. E Inglaterra, como en la época de los virreyes de India, sigue siendo un país de señores y de sirvientes.

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